El diablo viaja en colectivo
Cada vez que tengo que viajar a otra ciudad en colectivo (una vez por semana como mínimo), sé que me enfrento a un enemigo invisible, a una fuerza incompresible que intentará llevarme a los distritos más horribles del infierno durante el tiempo que dure el viaje. A veces tengo suerte y el trayecto se realiza sin mayores sobresaltos, pero siempre está ahí el temor, agazapado cómo un monstruo sin forma. He aquí algunos casos de avistamiento:
La música del chofer : Ya estamos todos sentados, el micro ya está en movimiento, algunos se aprestan a dormir la hora cuarenta hasta Neuquén porque quizás “vienen de” o “van hacia” un día complicado, otros echamos mano a un libro y comenzamos a relajarnos, entonces ocurre… De todos los parlantes del vehículo empieza a brotar descaradamente una cumbia melosa y maloliente, y una voz entre Ricky Maravilla y E.T. empieza a tararear algo así como -Diosito se la llevoooo… con apenas un añiitooo, este mundo abandonoooo…- siento que me falta el aire, alguien resopla de fastidio dos asientos más atrás, se escucha una puteada a media voz (es mía). ¿Qué le hace pensar al chofer que su deplorable gusto musical me interesa? ¿Pensará que todos escuchamos la canción mientras asentimos con la cabeza como si se nos revelaran profundas reflexiones filosóficas? ¿Estarán locos algunos choferes?
La película: Excepto por una extraña vez en que durante un viaje a Aluminé proyectaron París Texas de Wim Wenders (seguramente porque el que la alquiló habrá interpretado Un cowboy suelto en París), en general debería haber un género que se llame “película de bondi”, Este género abarcaría todas las locademias de lo que sea, los más rápidos y los más furiosos, todas las de animales que hablan o son superhéroes (digo esto porque hace poco tuve que tragarme Supercán, título que me exime de comentario), las de superhéroes en general (vampiros incluidos) y todas TODAS las comedias románticas con Jennifer Aniston, insoportables. Un caso extremo fue hace poco, durante un laaargo viaje a Puerto Madrin, durante el cual los choferes, en un claro acto de sadismo, no solo nos hicieron ver Midachis en vivo, sino que además (y alguna ONG debería tomar la denuncia) nos clavaron Bañeros uno, si… con Emilio Disi y Tristán. Lo peor fue que al lado me tocó el único tipo que no protestó y se rió a carcajadas con las dos películas, pobre flaco.
Los ringtones: ¿Qué lleva a una persona a pensar que otros, ciudadanos desconocidos de los que nada sabe, queremos participar de sus gustos? ¿por qué de repente, en un viaje para el cual tuve que madrugar, con frío, todavía de noche, en un colectivo lleno, con olor a sueño, tengo que escuchar cinco minutos de Arjona, hasta que la señora de las cuatro décadas logra encontrar el celular en su insondable cartera y dar con la tecla correcta para atenderlo justo cuando se corta la llamada?, y encima comentarnos por lo bajo… uy, cortó… (la secuencia se repetirá cada diez minutos hasta el final del viaje) ¿por qué no un BIIP BIIP que a nadie ofende? ¿por qué no hay colectivos especiales para personas especiales con ringtones?
El que te busca charla: No tiene límite de edad, sexo, credo ni raza, no te conoce, nunca te vio, no sabe si estás armado, pero él/ella es un valiente… vos te la ves venir, cuando te sentaste a su lado te saludó ¿por qué?. Precavido, sacás un libro o te hacés el que dormís pero él/ella, que sabe mucho de esto, antes de que puedas abrir el libro o entornar los párpados te preguntará en tono ineludible -¿viajás a Nequén?- y ahí ya es tarde, ahora nada lo/la detendrá. Le contestás que si con una muy leve sonrisa… error, ahora él/ella piensa que son amigos para siempre y te contará de su primo que está operado de apéndice, de su perro que se llama Guardián y de lo difícil que es conseguir un crédito en estos días. Rifle santiario urgente.
El que ronca: lo odio con toda mi alma. Comienza como un silbido leve que va en aumento, y en algún momento se entrecorta y da paso al ronquido, no un ronquido de persona, sino un gorgoteo exagerado… animal, que hace pensar que el tipo lo está fingiendo para romperle las pelotas a los demás pasajeros. A veces te toca al lado, suele ser un gordo grandote que también emite calor… babea y se despierta sobresaltado cuando se ahoga con su propia saliva, entonces mira alrededor, se pasa la manga del saco por la boca y se acomoda de nuevo para volver a empezar. El cargo del colectivo debería tener derecho, por ley, a vaciarle en la boca todo el café inmundo e hirviendo del colectivo cuando quedan así, con la boca abierta y el labio inferior colgando, riendose en sueños de todos nosotros.
Estos son algunos de los casos típicos de posesión diabólica de transporte público, pero hay más… usted y yo lo sabemos.
(Publicado en la revista Ñaco Seco; 2008)