Microfilm: m.
Secuencia alineada de microfotografías para ser proyectadas en tiempo real. // Carrete de película fotográfica con que se consiguen microcopias.
microfilm
Ahora, hace tres décadas que dejó de figurar en los mapas, ni siquiera en los mapas ruteros figura,
como si jamás hubiese existido... como uno de esos sueños de la siesta de los que cuesta despertar y de los que despertamos cansados. Hay veces en que nada parece ser tan real como para no
desaparecer al día siguiente sin dejar rastro alguno, como tragado por el desierto, que nos está soñando a todos.
Sobremesa en la chacra del diputado
Pereda: un poco borracho, el gerente de una famosa petrolera termina de contar el chiste de la prostituta tuerta que silba mientras da sexo
oral, el diputado ríe fuerte con la copa en alto y toda la mesa lo imita, su esposa no ha entendido el final pero lo secunda con una histérica carcajada. Si la cena tiene éxito podrá hacerse las
lolas en Miami.
La
casa de la Mama es la que menos llama la atención en toda la cuadra, no está sucia, no es demasiado vieja ni demasiado arreglada, sí prolija, casi normal pero… sencillamente y de alguna extraña
manera está oculta. Nadie llega allí por accidente o por error. La Mama es gorda, es renga, la Mama tiene muchas plantas con espinas. Siempre está
sentada en su enorme sillón frente a la mesa, con el mazo mugriento de naipe español a un lado, la Mama tiene olor a cosa vieja, piel blanca y lívida, ojos pequeños y el pelo negro y tirante en
una trenza que le toca la cintura. Habla rápido y susurrando la Mama, como si estuviera diciendo obscenidades o blasfemias. Allí reina, en la piecita celeste donde atiende… con la mano agarrada
al pomo del bastón, justo bajo del crucifijo gigante, con la imagen de un Cristo que sangra y agoniza en un morboso gesto de dolor.
Un cuerpo apuñala a otro en
los suburbios del pueblo dormido. Luego se escurre por entre el caserío en un periplo de baldíos oscuros hasta desembocar en las vías del ferrocarril, su mano está manchada con sangre y la
respiración agitada silba en la madrugada hasta estallar en tos y flema. Se detiene junto a un viejo vagón de madera, temblando y jadeando, luego escarba desesperadamente detrás de una de las
ruedas de acero, desentierra una caja de vino y la muerde ferozmente con un gruñido animal… la abre con dos dentelladas y bebe ansiosamente. No muy lejos de allí una mujer joven se desvela hasta
la desesperación mientras sus hijos duermen. Toma mate y mira la puerta, no sabe que ha enviudado.
Ligarle al Tato es un
problema, es asomarse a otro planeta, es meter la mano en un pozo oscuro para sacar un premio o una mordida que te arranque los dedos.
En una calle alejada, con
perros galgos y tecnochamamé, el Tato aparece y atiende desconfiado detrás de un portón de chapas. Es un instante en el que el aire se carga, se endurece, se escarcha… y es posible una bala o
dos, o el grito repentino de mil sirenas azules… es un instante. Luego nos alejamos y todo está bien, como si nada, pero solamente es buena
suerte.
Gomería El Rulo, el Rulo está adentro, se lo ve a la pasada en elástico equilibrio sobre una
rueda de camión tirada en el piso, haciendo zafar el aro sin que le arranque la cabeza mientras sus tatuajes verde birome ya son una mitología de tres cuadras a la redonda. El compresor se
enciende, aspira una continua bocanada de chivo, caucho, mugre... comprime moléculas y forja el olor a gomería. En un rincón, debajo del almanaque de las tetas grandes, la cumbia se cae a pedazos
de la radio rota y negra, el Flaco lo acompaña, ceba mate y el mecanismo se lubrica. El Rulo gorgojea, se asoma a la calle y escupe lejos, saluda a un colectivo... el universo está en orden.
El viejo Barrientos jamás se arreglaba para ir al centro, lo que lo convertía en un hombre muy
solitario… y muy sabio.
Sábado a la tarde. El Carola abre las puertas de su salón de belleza para intentar la dura
ingeniería de la feminidad. Precisas las tijeras, entre fuertes tirones controlados, con química hiperbárica en aerosol, al calor eléctrico de
resistencias espiraladas al rojo vivo, logra cambios ingenuos y emerge, tosca, una belleza insostenible de castillo de naipes. El lugar es de plástico y colores, la música es sintética... todo
sigue triste por aquí.
Frente a la casa de Doña Ester (que también cura el empacho) está estacionado un auto caro.
Cuando anochece un perro revisa la basura... huele la jeringa, mordisquea la sonda de goma, luego se aleja moviendo la cola... lleva un enorme algodón con sangre entre los dientes.
Cada noche, la barra del bar es la playa abrigada de una isla lejana. Cuando
oscurece, la marea lleva hasta allí toda clase de cosas: estrellas de mar con las puntas mutiladas, duros mascarones de proa, inocentes veleros extraviados, botellas que olvidaron su mensaje,
mensajes en busca de botellas, viejos piratas que han perdido su barco y una que otra ballena varada. Pero cuando comienza a amanecer e irremediablemente todos han aceptado ya su condición de
náufragos, entonces la marea se los lleva de nuevo mar adentro, y sólo queda la resaca de vasos con rush, ceniceros desbordantes y servilletas sucias. Cuando queda vacío, el bar tiene ese aspecto
de envase descartable... de utilería usada. Luego, las sillas hacen la subversiva acrobacia de sentarse en las mesas con las patas para arriba, y los ruidos (que hace poco eran continuos y
asonantes) se vuelven sistemáticos y pausados a medida que el lento ritmo del orden transfigura el espacio purificándolo todo, a fuerza de enjuagues los vasos pierden lentamente la memoria del
alcohol y el manoseo. De repente, un mozo que barre debajo de las mesas, toma del suelo, sin reprimir un gesto de fastidio, cuatro o cinco zapatitos
de pies izquierdos, para luego bajar al sótano y arrojarlos al deposito, junto con todos los otros zapatitos, que jamás fueron reclamados por príncipe o cenicienta alguna.
En un olvidado desván de la ciudad aun se conserva en naftalina (aunque nadie
lo sabe) el sombrero que don Sepúlveda tenía puesto la madrugada que mató al chileno Fuentes por un desacuerdo en el truco. Durante la siesta el niño se escabulle hasta el viejo ropero y lo abre
con sigilo, saca el sombrero y se lo prueba, en la penumbra un espejo arrumbado alcanza a verlo, lleno de horror y polvo, sólo atina a dibujar un fantasma.
Una flauta de sátiro va y vuelve veloz sobre sus cinco notas, y la siesta se parte limpiamente al
medio. El afilador es una pieza suelta. Su gracia de juguete a cuerda roza el cordón, impertinentemente anacrónico, puede que no vuelva. Luego la
flauta se aleja, se vuelve esquiva... inconstante, como todas las cosas que se extinguen.
Al cumpleaños de 15 han venido también los tíos del campo, ellos trajeron uno
de los chivos que están clavados alrededor de un fuego en el fondo del patio, donde el dueño de casa toma vino con dos cuñados. En el quincho que
antes era almacén, una adolescente vestida de novia está sentada con las dos mejores amigas frente a una torta también blanca, cerca de la puerta se
toma cerveza con las viseras sobre los ojos. En la cocina mujeres atareadas se odian cortésmente. Se acerca el vals y la quinceañera se pone nerviosa, un tío borracho le mira las piernas.
Durante la mañana la señora M. que está despierta desde la madrugada baja al centro a hacer las compras: medio kilo de carne picada medio de pan y los remedios de los huesos… que no
llegaron. Al mediodía la comida está lista es poca y sin sal. Don M. se queja, suspira… putea bajito. Terminan el almuerzo y durante la tarde ella limpia, repasa los muebles, canal de aire y
novela: ella es tan buena y él no se da cuenta, claro es rico y ella… pobre. Media tarde y mate… nadie.
Cuando baja el sol la señora M. se esconde en su pieza y se
suicida hasta el día siguiente.
Era un pibe joven... laburador, estaba en el campo, de boca de pozo en una
petrolera grande, viste que no la cuidan a la gente. Fue antes del paro, haciendo el turno de día, con un viento de la san puta que sacudía toda la estructura... cuando cortó el cable de acero se
escuchó el latigazo, yo alcancé a verlo justo cuando le arrancaba la cabeza, caminó dos pasos así... como un borracho, y después se cayó para el costado.
En la soledad al costado de la ruta hay un pequeño altar repleto de
botellas con agua, lo habita una difunta milagrosa. Esta noche hay una llama de vela en su interior. A unos pocos metros un auto a gran velocidad se sale del camino dando tumbos y la oscuridad se
lo traga de un bocado. Cuando amanece, la luz hace que todo parezca un accidente.
Desde la calle se escuchan los reproches… los años de sacrificio, la escuela sin terminar. La
gorda de enfrente ya lo sabe todo: el marido que empezó a tomar de nuevo, la piba con panza... y el novio, que no aparece.
Hace poco que está en la fuerza y ya se mandó una cagada, por allá arriba se
la tienen jurada y no sale el traslado, anda perseguido porque la otra vez le mataron el perro. En el uniforme, bien escondido, un fierro con el número limado.
Y luego de oír las estrofas del himno Nacional, la Sra. Directora pronunciará unas palabras: -En esta fecha patria en la cual homenajeamos la sagrada memoria de nuestro
prócer máximo, quien además de valiente soldado fue también ejemplar padre, galante esposo, caballero siempre, de conducta recta, derecha... de
derecha y devoto cristiano apostólico romano que nunca negó una limosna y que fue magnánimo con los humildes los niños y los ancianos... como ya dije, en esta fecha, quiero agradecer al Circulo
de Señoras Bien del barrio 12 de Octubre como así también al Señor Comisario Héctor Canuti y al padre de nuestra abanderada el Dr. Abelardo Carulo, quienes nos honran con su distinguida
presencia. Los invito ahora a disfrutar de un rico chocolate y luego alumnos de cuarto grado “A” de la salita blanca bailarán un gato...
gracias-.
Vieja loca, le gustaba pronunciar la doble “L” porque creía que la hacía
distinguida o que la imitaríamos, nos trataba con desprecio. Disfrutaba de nuestro miedo cuando no estudiábamos, no le gustaban los morochos ni los gordos, siempre que podía nos humillaba, a
Funes le hacía sacar los zapatos porque sabía que tenía las medias rotas, usaba tacos altos. Un día en la calle vi como el marido le volaba los anteojos de una cachetada mientras le gritaba
“pelotuda” y que no le rompa más las pelotas no sé con qué. No sé si me dio lástima pero le perdí el miedo, se lo conté a todos, tenía once años, era un pibe.
No hace una semana que enterraron a la viejita Seguel y hoy se terminaron de
llevar todos los muebles, no le regaron ni una planta. Cuando abrieron el perro salió desesperado a tomar agua de la calle, nunca más pudo entrar. Al canario lo dejaron en el tacho, envuelto en
diario.
Ayer empezó el rally de la comarca y se vendieron muchas gorras, también se movió bastante el
asado y el vino, en el cabaret hubo show. Se armaron picadas en la avenida y un fiat 600 verde flúo chocó con un árbol, pero no pasó
nada. Hoy a la mañana dos curvas después de la largada el intendente volcó en su Ford “fiesta”.
-Hola tigre! Qué necesitas?-
-Una camisa blanca, lisa-
-mirá, tengo esta que no es blanca… pero es celeste clarito, ves?
Es lo que se está usando, nos entró esta semana, como para qué querés…-
-…y una blanca no tenés?-
-…después tengo estás así ¿ves? con estampado arriba tipo
bahiano, como la que tengo puesta yo, son más “casual” pero andan bien para la noche…
-…pero una blanca busco, sin nada…
tenés?
-… blancas tengo remeras, son de algodón… me fijo si hay de tu
talle… no querés ver pantalones…?-
-Hola Lopez?.. qué hacés hijo de puta,
che… mañana llego de descanso… paso a eso de las nueve, si.. salgo del turno a la mañana y llego a
dormir… es que la gorda está muy hinchapelotas... que quiere que me quede al cumpleaños del más chico, que vayamos a elegir el ragalo, me hincha las pelotas viste… encima viene la vieja y mis cuñados… si…, ah sí? Daaale… comprá
cien yo después te doy… avisale al Negro…, dice que llegaron minas… dale mi guacho, nos vemos ahí… Q ´hijo de puta este Lopez…-
Quién hubiera pensado que todo iba a
terminar así: la Susi con el marido, la hermana con el del kiosco, el cuñado con la Ester y la Tía con el Rober… mañana al mediodía se juntan todos por el cumpleaños del Tito.
Dos minutos Jorge, dos minutos… te
metes en el almuerzo, agarras el expediente te hacés el boludo, salís al patio y me lo das… no pasa nada Jorgito…están todos en otra, cuando yo estaba en tu sector lo hacíamos siempre… vos sabés que no es justo lo que le hacen a Silvia… ella te consiguió lo del terreno… dale gordito por ahí sale todo bien y te pasan a
planta… a la una eh, en el patio.
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