El Picota y Abel Barros

Publicado en por carlos

 

 

A diferencia del Picota Guzmán, Don Abel Barros nunca había matado a un policía por ejemplo, no por tapujos morales (que los tenía), sino porque nunca había tenido necesidad de hacerlo, tampoco había matado mujeres. En general Abel Barros había matado bastante menos gente que el Picota.

Cuando el Picota cometió su primer delito tenía 8 años, fue un delito menor, casi una picardía infantil. Años más tarde el subcomisario Maldonado, recordaría aquél incidente como una premonición de todo lo que vino luego: mientras dos de sus amiguitos de siete y seis años le apedreaba el techo a la casa de la viuda de Martínez, la del kiosquito, el Picota, aprovechando que la viejita se había ido para atrás a ver qué era todo ese ruido, había entrado  y le había robado la miserable recaudación de cuarenta pesos, una cerveza en lata, cigarrillos y cuatro alfajores. La viuda llamó a la policía, un vecino había visto todo y a las pocas horas los agarraron en un baldío medio borrachos y dados vuelta por el tabaco, -daba impresión tan chiquitos- recordaba Maldonado. Al final no pasó nada y nadie le pagó las cosas a la viuda, ni la cerveza, ni los alfajores, ni los cigarrillos ni los vidrios rotos de las ventanas. La Casa del Picota era un lugar confuso donde a veces había comida, y donde casi siempre era mejor no estar. El novio que la madre del Picota tenía en esa época era jodido, movía merca y andaba calzado, al final por miedo nadie hizo la denuncia. Pero el nieto de la viuda, un adolescente de 14 años decidió que la cosa no podía quedar así, y una tarde en la canchita del barrio el Picota sintió que lo tironearon del buzo desde atrás, y lo siguiente que sintió fue un golpe seco en la boca que lo dejó atontado en el suelo, luego repetidas patadas en la espalda y la cadera y finalmente un mazazo cerca de la sien que le rompió el párpado, de aquella vez es que tiene el Picota como una telita gris que le cubre parte del ojo derecho y que se retrae lentamente cada vez que parpadea. Siete años después, luego de delitos que no pasaban de la sustracción de estéreos, bicicletas, robos a locutorios y tenencia de drogas, el Picota se cobra aquella paliza de la infancia con un homicidio que lo lanza al siguiente escalón de su carrera, porque en el barrio las cosas no se olvidan, menos aun si los involucrados se siguen viendo las caras todos los días, cruzando miradas que van fermentando con los años. Esa noche de junio, Gustavo Palacios, nieto de la difunta viuda de Martínez, festejaba su cumpleaños número 21 con sus amigos y su novia, con unas pizzas y algunas cervezas en lo de su tía. A las tres de la madrugada Gustavo sale caminando de la casa junto a su primo que laburaba con él en el taller, lleva algunos envases y cruza la calle para comprar más cervezas en un kiosco abierto a media cuadra. Muchos dicen que fue casualidad, y probablemente lo fue, que el Picota pasara por ahí en el Falcon oxidado de su cuñado junto con dos amigos luego de haber estado tomando cocaína y cerveza desde las cuatro de la tarde. Horas después el primo de Gustavo afirmaría incrédulo y horrorizado en su declaración que, luego de atropellarlo no muy fuerte y lanzarlo unos metros delante del auto, el Picota aceleró, ahora sí con fuerza, y arrastro al Gustavo por treinta metros enganchado debajo del vehículo mientras asomaba medio cuerpo por la ventanilla y gritaba fuera de sí hacia la rueda delantera: –fijate si pierde aceite puto!.. fijate bien eh…!-. Tenía entonces dieciséis años.

Luego de tres años en el correccional de menores el Picota vuelve a las andanzas, ahora sabe nuevos trucos y tiene amigos pesados, es respetado en el ambiente. Al tiempo es detenido como principal sospechoso por la muerte de su ex novia, encontrada con doce puñaladas en la piecita que alquilaba y de la que el Picota tenía llave, pero su oscuro vínculo con un alto funcionario provincial para quién él había hecho algunos trabajos y para el que conseguía algunas cosas, lo hizo salir libre enseguida. La policía entendió (y entendió bien) que Picota se había vuelto un intocable, y donde golpeaba prácticamente creaba una zona liberada en forma instantánea, la policía conocía sus antecedentes, sabían que al Picota no le importaba nada, que no tenía códigos, como aquella muerte que se le atribuía en el correccional de menores, un pibe de Paraguay que había entrado por robo y que un día amaneció asfixiado con un colchón, un pibe de catorce años. 

Sin embargo Luis Miguel Guzmán, que así era como su madre lo había bautizado, estaba ya cerca de conocer el límite de su suerte. Con respecto a su nombre corría una anécdota que nadie había comprobado pero que era totalmente creíble, hacía mucho, antes del correccional, en un asado por allá en los barrios alguien que no lo conocía se había emborrachado y había querido ponerlo en ridículo  delante de algunas chicas presentes, relacionándolo con el cantautor mexicano. En medio de la cerveza y el vino en caja parece que alguien había empezado a rascar una guitarra, entonces un flaco alto que venía de afuera y que lo había escuchado decir su nombre a una morocha que andaba con dos amigas le gritó irremediablemente y casi al oído -¡cantate algo Luismi!- mientras se reía y le palmeaba el hombro. Los que sabían cómo era se quedaron helados, como si hubiesen sido ellos los responsables del insulto, el gordo Garrafa alcanzó a decir – laa re pasaado el flaco…-. Pero Picota miró la mano del extraño en su hombro y antes de que éste o alguien pudiera reaccionar saltó como una trampa de resorte reventándole en la cara la botella de cerveza que tenía en la mano, y casi en el mismo movimiento lo empujó al  fogón, de donde lo sacaron unos amigos con parte del pelo ardiendo y un ojo sangrando por una astilla de vidrio, dicen que el Picota salió caminando con sus amigos, llevándose unas cervezas, como si nada.

La suerte se le terminó al Picota una tarde de agosto de 1998. Hacía dos días que venían metiéndose artane, alcohol y cocaína, encerrados en la covacha, enroscados… él, el gordo Garrafa y el Negro Leiva. En algún momento se les ocurrió reventar una estación de servicio del centro, estaban armados… fueron a cara descubierta. El Picota estaba mareado de impunidad, sentía que tenía permiso para todo, que estaba todo bien. Cuando el policía de seguridad lo vio entrar con la pistola en la mano quiso reaccionar, se incorporó de la silla en la que estaba sentado mirando fútbol con el encargado y amagó a sacar su arma reglamentaria, pero el Picota le descargó cuatro tiros en el pecho, y uno en la cabeza al encargado. Todo fue tan rápido… otro policía salió del baño y lo alcanzó a poner al gordo, el Negro salió corriendo y horas más tarde lo agarraría un patrullero huyendo a pié por el campo, cerca del aeropuerto. Doce tiros en la espalda.

El Picota se descubrió a sí mismo huyendo en su auto a toda velocidad por la ruta, había pedido de captura en todo el territorio de la provincia, pero la orden subrepticia era matarlo en el lugar donde se lo encuentre, una orden que venía de arriba. Pensó en pasar para Chile, en cuatro horas podía estar fuera del país, pero no estaba pensando bien, en la frontera ya lo estaban esperando. De alguna manera comenzaba a saber que el cerco había empezado a cerrarse finalmente. Se encontraba a pocos kilómetros de Aguada Bagual, donde pensaba cargar combustible y comprar alcohol. Lo que no sabía era que también se acercaba ya a su encuentro con Don Abel Barros.

Don Abel Barros tenía casi sesenta años, poco se sabía de su vida pero se comentaba que de joven había tenido que salir disparado para el sur  de Chile por asuntos de robo de hacienda, y que había vivido allí varios años, a veces como mariscador, a veces como peón de aserradero… a veces nada. Había tenido mujer que se le murió en circunstancias poco claras, dicen que la quería mucho. Tenía la cara raspada por la helada y ya se le había empezado a encorvar el cuerpo, sin embargo se seguía trepando al alazán  de un salto. Su segunda mujer le había dado dos hijos antes de dejarlo por mala bebida, uno se había muerto de jovencito por el falso cruz, y el más chico se había ido a la ciudad y nunca había regresado. Su pasado estaba lleno de bifurcaciones y oscuridades. Conocía muchos lugares, decían algunos que había nacido en La Pampa, otros que había venido de Mendoza, donde había matado a un capataz de joven, y aunque su fama de buen cuchillero se había apagado hacía mucho, siempre andaba con el facón cruzado en la cintura. Ahora de viejo sobrevivía como podía en un ranchito cerca del río, donde se aislaba durante semanas sin más provisiones que unas galletas y mucha ginebra. Pero aquella noche Don Barros había ido al pueblo, a tomar con gente, al bar de la entrada.

El Picota no se animó a pasar por la estación de servicio, ya era de noche y estacionó atrás de un árbol, decidió entrar a ese boliche al costado de la ruta, a ver si podía convencer  a alguien para que le comprara combustible en un bidón. La calle de tierra estaba mojada, afuera había un caballo y una bicicleta. Con la nueve atrás en la cintura cruzó las tiras de la cortina plástica de la entrada y encaró para la barra. Una sola persona estaba apoyada en el mostrador, un paisano viejo con la cara roja y el sombrero sobre los ojos. Picota se relajó, la esposa del dueño, una mujer corpulenta, estaba atendiendo. Iba hacia la trastienda y volvía, seguramente controlando la cena.  El Picota miró al viejo que estaba con la vista fija en su vaso de ginebra y se inquietó de nuevo porque no lo atendían. Golpeó el mostrador con fuerza

eh… hay alguien…?! Tamadre..-. terminó la frase.

-Primero guenas noche- escuchó que le decía el viejo en un tono casi pedagógico pero firme desde su costado derecho. El Picota giró la cabeza y vio que el viejo lo estaba mirando, lo midió bien, le llegaba un poco más arriba de los ojos, él medía uno setenta y cinco más o menos, tuvo el impulso de acostarlo de una trompada, pero tenía que pasar inadvertido, además era un viejo de mierda medio mamado nada más –tomate el palo viejo, a ver si te fajo todavía…-, le respondió casi entre dientes, y giró de nuevo la cabeza hacia la trastienda ya para gritarle algo a la mujer que no venía. Pero antes de que pudiera hacerlo, en esa fracción de segundo en que estaba por gritarle a la mujer, notó con el rabillo del ojo que el viejo había iniciado un movimiento rápido e inesperado, esa misma fracción de segundo en que pensó que aquél paisano se abría tropezado por la borrachera y que estaba cayendo, la fracción de segundo en la que tuvo el reflejo de esquivarlo, de retirarse del mostrador hacia atrás, incluso de llevarse la mano tras la cintura para tocar la nueve, pero ninguno de esos reflejos llegó a convertirse en acción. Percibió el golpe seco atrás del mentón, por debajo de la lengua, y pudo ver ahora si claramente un brazo que salía de debajo de su cara y se unía al hombro del viejo, y el hombro al cuello de venas hinchadas, y el cuello a la cara con ojos que parecían que le iban a saltar encima… y ese gusto metálico en la boca.

Cuando la esposa del dueño salió de la cocina contempló incrédula a ese muchacho alto parado junto al mostrador con un cuchillo clavado hasta el mango debajo de la cabeza, la hoja atravesándola  verticalmente por detrás del mentón, a través de la lengua y el paladar para incrustarse en los quebradizos huesos de la faringe y más arriba, como un perno que le mantenía la boca cerrada. El Picota temblaba, parpadeaba a gran velocidad y la telita gris subía y bajaba por su pupila derecha, sus brazos estaban crispados y tiesos, y una de su piernas temblaba dando un zapateo débil en el suelo. Entonces Abel Barros, como quien hace un favor, lo sostiene por la solapa de la campera, y con un tirón que es también una torsión, le retira el cuchillo y retrocede dos pasos sin siquiera mirarlo. El gorgoteo y la arcada se confunden con el grito histérico de la mujer y el Picota se derrumba para siempre mientras un borbotón de sangre se le libera por la nariz y la boca.

-A vier quien se toma un palo ahora… junagranperra- le dijo antes de irse, Abel Barros al cadáver del Picota tendido junto a una mesa.

En el expediente la causa de la muerte de Luis Miguel Guzmán figura como acto en defensa propia en situación de asalto a mano armada, hipótesis irrefutable a pesar de la falta de testigos, por el arma encontrada en la cintura de la víctima y por sus antecedentes. Don Barros estuvo detenido un mes y medio, y durante ese tiempo volvió a comer decentemente y los guardias le regalaban cigarrillos. Un año después lo encontraron muerto cerca del rancho, fue una semana que habían caído unas heladas como hacía tiempo no se veían, quizás se quedó dormido o se cayó del caballo estando borracho, la autopsia sentenció “paro cardiorrespiratorio”. Al alazán se lo quedó el dueño del boliche, cuñado del comisario.

 

fin

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carlos 03/03/2011 23:17


sí, en efecto el cuento fue publicado por editorial Wagenbach en esa antología. También el cuento "bombon asesino" fue traducido y publicado en 2010 en otra antología "antología del río" esta vez
por la editorial alemana Letrétage. saludos


Nina 03/03/2011 23:03


Encontré este cuento en una antología alemana: "Asado verbal" (http://www.wagenbach.de/buecher/titel/761-Asado_verbal.html)


walter 11/17/2009 18:57


a este lo conozco!! vivía en las 450 viv!! jaja, ta bueno. y el ñoqui? ese era bravo tambien...