Bombón asesino

Publicado en por carlos

 

 

Se alejó del barrio con paso decidido ya muy entrada la noche, vestida para bailar. Cuando terminaron las calles de tierra se apoyó en la pared de una esquina guarecida por dos árboles y, en las sombras, se cambió las zapatillas negras por los zapatos rojos con plataforma y las guardó casi dobladas en su mochila de noche, esa bien chiquita de tiras finitas que le había regalado la Roxana para el cumpleaños. Siguió caminando hasta empalmar con la avenida, sabía caminar, sabía moverse de esa forma... le gustaba que le dijeran cosas y, aunque lo disimulaba, a esa altura no importaba si algunos usaban palabras como teta o culo, sabía que algo parecido a la admiración era lo que despertaba al moverse por esas calles, podía sentirla como una luz incandescente que la enfocaba siempre, brotando debajo de las viseras de las gorras, detrás de los vidrios polarizados de autos viejos que desaceleraban a su lado, en las sombrías esquinas donde el porro y el vino en caja giran y girarán siempre en una ronda continua alrededor de un centro hecho de avidez y soledad.

Sabía caminar porque conocía cada parte de su cuerpo, lo había estudiado incluso desde pequeña,  cuando las hijas de su tía, sus hermanas, le habían dado las primeras lecciones de bailanta durante largas y calurosas tardes de cumbia ininterrumpida, a todo volumen, todo el día. Por eso desde chiquita supo que su cuerpo era una herramienta de poder, en un universo donde el afecto se confundía con demasiada facilidad y demasiada frecuencia, en confusas reuniones familiares donde el alcohol hacía difícil distinguir las caricias del toqueteo, y los vecinos y los tíos y los amigos de los tíos y los sobrinos de las amigas de los padres confluyen, en un ambiente enrarecido en que los chicos se pierden de vista fácilmente, en ese mundo, la Romi había aprendido rápido, a evadir o sacar partido según lo exigiera la situación. Por todo eso y por otras cosas, sabía caminar.

Y caminaba despreocupada, ya no era una adolescente, tenía 20 años y un carácter irascible que resaltaba con lenguaje orillero. La Romi piel cetrina, una espalda sensualmente arqueada, un cuerpo delgado y firme que se movía con la precisión de un depredador. Sabía todos los trucos que atraen la mirada en una pista de baile, y entre sus pocos amigos (todos hombres excepto la Roxana) era considerada “una piba del palo”, siempre caía con una cerveza, se fumaba unas pitadas, se cagaba de risa, si había merca también tomaba, siempre la invitaban.

 Así lo conoció al Lucas. En una de esas reuniones en la casa de los pibes del barrio, y esa misma noche se lo arrancó para la piecita. A la Romi no le duraban los novios, siempre aparecía uno mejor, uno más alto, uno rubio, uno morocho, uno con auto... a la Romi le gustaban un rato. Pero el Lucas le había gustado un rato más, no sabía por qué... le gustaba, era lindo tenía algo, hablaba bien, la tocaba bien, tenía rico olor. Al poco tiempo ya andaba atenta de que ninguna se le acercara, y una noche le partió la nariz a una petisa que lo había bailado un rato y se lo había andado apretando –tomá puta...!- le había gritado agarrándola de los pelos mientras le estrellaba la cabeza contra el lavatorio del baño de damas, salpicando azulejos con sangre. La Romi no se andaba con vueltas, la Romi tenía un primo que había matado a un cana y que se había acostado con ella un par de veces, la Romi tomaba cerveza a la par de los pibes y eructaba fuerte,  la Romi estuvo un día presa por romperle la cabeza a una petisa.

No hizo la cola para entrar a la bailanta, la dejaban pasar, era una de las que entraba sin hacer cola, entró sola y eso era raro. Entró sola y una vez adentro a los pocos minutos ya estaba tomando cerveza, expectante, alerta, como esperando algo, pero sabía lo que estaba esperando. Con el Lucas se habían peleado hacía unos días porque le contaron que lo vieron con la Yoana, que tiene 17 -...una rubiecita de ahí a la vuelta pendeja turra, puta de mierda como todas las rubias...-. Toda la semana la Romi se había encerrado, a la única que había ido a ver era a la tía de la Roxana, para que le tire las cartas, y la tía de la Roxana le había dicho que el pibe ese no era para ella, que no la quería, que había otra que lo buscaba y que con ella ya no pasaba nada.... que había una traición y que se cuide de la desgracia, y la Romi sabía que las cartas no mienten. Por eso a la tarde había ido a verlo al Miguel para pedirle algo, el Miguel vivía por allá arriba a tres cuadras de su casa, en las 700 viviendas, ni la policía entraba, le había vendido faso muchas veces, el Miguel le había dicho que estaba todo bien que fuera cuando quisiera. Y esa tarde fue.

Se metió al baño, el calor era insoportable, lleno de minas que se pintaban y hablaban y se apuraban entre ellas, alguien estaba vomitando en un inodoro y el olor se mezclaba con el perfume barato y se hacía irrespirable. La Romi entró en un cubículo, y sentada en el inodoro revisó su mochilita como una cartera de mano para mirar que no le faltara nada, luego frente al espejo se retocó el brillo de labios y el maquillaje y se arregló un poco el pelo.

Estaba borracha, pero caminó con paso seguro y ondulante hacia el centro de la pista, atravesando una densidad de aliento a alcohol y cuerpos transpirados que se movían al ritmo de una cumbia que hablaba de pibas y cervecita, caminó a través de esa confusión en un recorrido intrincado que le pareció interminable, y de repente se encontró  al lado del Lucas, que le daba la espalada mientras bailaba con una de sus rodillas metida entre las piernas de una rubiecita de mejillas encendidas que lo aferraba con fuerza y se dejaba llevar casi en el aire porque  seguro que no sabía moverse como ella... ella que los miraba fijo y ya tenía la mano adentro de la mochilita, esa de tiras finitas que le había regalado la Roxana para su cumpleaños. Y a pesar del tumulto y las luces y la música ensordecedora, los cinco disparos calibre 38 acompañados de cinco relámpagos blancos fueron audibles hasta la puerta misma del local, desde donde los dos policías de la entrada salieron corriendo hacia adentro desenfundando sus armas y pidiendo explicaciones por radio, para ser atropellados a los pocos pasos por una pared humana que huía y gritaba buscando la salida, dejando a su paso cuerpos pisoteados y quejumbrosos.

La Romi en el medio de la pista vacía, ahí parada, imponente con su brazo derecho terminado, casi elegante, en un enorme y reluciente revolver que aun humeaba. A su lado la rubia paralizada de horror, la rubia pálida tiritando salpicada de rojo ante la imagen del Lucas en el suelo con la cabeza destrozada y una de sus piernas aún sacudiéndose , y la Romi indecisa, pensativa, con una bala todavía sin servir.

 

fin

Etiquetado en cuentos

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laura vazquez 03/01/2009 04:03

Licenciado, por fin dio señales de vida. Imagino que por causa de su blog estuvo perdido tanto tiempo. Si no es así, entonces tiene una deuda enorme. Las ausencias prolongadas, no se personan fácilmente. Me encantó tu blog. Esta bueno porder compartirlo con otras personas. Espero noticias pronto. No vale borrarse.